Autor: Cuerbo Rojo

  • Cuando las maquinas trabajan por nosotros

    Cuando las maquinas trabajan por nosotros

    Solución A: No hacer nada

    Esta es la postura más liberal.

    La automatización aumenta la productividad. Algunas profesiones desaparecen, pero aparecen otras nuevas. La historia económica está llena de ejemplos similares: los telares mecánicos, los tractores o los ordenadores.

    Según esta visión, intervenir demasiado pronto podría ser un error. La economía terminaría adaptándose por sí sola.

    Riesgo

    Que la velocidad de sustitución sea superior a la velocidad de creación de nuevos empleos.


    Solución B: Impuesto específico a los robots

    La idea es sencilla. Si una máquina sustituye a diez trabajadores, una parte del ahorro obtenido debería contribuir a financiar los servicios públicos.

    Sus defensores argumentan que no es lógico que desaparezcan miles de cotizantes mientras aumenta la producción.

    Riesgo

    Definir qué es exactamente un robot puede resultar casi imposible.

    ¿Es un brazo mecánico?
    ¿Un algoritmo?
    ¿Una inteligencia artificial que responde correos?


    Solución C: Aumentar el impuesto de sociedades

    En lugar de gravar robots concretos, se gravarían los beneficios extraordinarios obtenidos gracias a la automatización.

    La empresa seguiría teniendo incentivos para innovar, pero una parte de la riqueza adicional volvería a la sociedad.

    Riesgo

    Las empresas podrían trasladar actividades a países con menor fiscalidad.


    Solución D: Renta básica financiada por la automatización

    Si las máquinas producen una parte creciente de la riqueza, una parte de esa riqueza podría repartirse entre todos los ciudadanos.

    No se trataría de pagar por no trabajar, sino de reconocer que una parte importante de la producción proviene de infraestructuras, conocimientos y tecnologías acumuladas durante generaciones.

    Riesgo

    El coste sería enorme y existe el debate sobre cómo afectaría a los incentivos para trabajar.


    Solución E: Convertir a los ciudadanos en propietarios

    Esta es probablemente la propuesta menos conocida.

    En lugar de gravar más a las empresas, se intentaría que los ciudadanos fueran accionistas de las empresas que utilizan automatización e inteligencia artificial.

    De esta manera, cuando aumentara la productividad, también aumentaría la renta obtenida mediante dividendos y participaciones.

    Riesgo

    Requiere cambios profundos en la forma de distribuir la propiedad.


    Solución F: Formación permanente

    Algunos sostienen que el problema no son los robots sino la velocidad de adaptación humana.

    La respuesta consistiría en facilitar que las personas cambien varias veces de profesión a lo largo de su vida.

    Riesgo

    Hay límites. No todas las personas pueden reciclarse constantemente ni todas las profesiones nuevas tendrán la misma demanda.


    Una pregunta incómoda

    Quizá el verdadero debate no sea quién paga impuestos.

    Quizá la pregunta sea otra.

    Si una sociedad puede producir alimentos, bienes y servicios con una cantidad cada vez menor de trabajo humano, ¿seguimos organizando la economía como si el trabajo fuera el único origen legítimo de la renta?

    La inteligencia artificial no obliga a responder esa pregunta hoy.

    Pero cada año que pasa hace más difícil ignorarla.

  • Infraestructuras que no se notan… hasta que faltan

    Infraestructuras que no se notan… hasta que faltan

    España funciona gracias a una red de puertos, carreteras y pasos ferroviarios que rara vez ocupan titulares. Son estructuras silenciosas. Están ahí. Cumplen su función. No se discuten demasiado.

    Hasta que algo se detiene.

    En cualquier democracia pueden producirse huelgas, bloqueos técnicos, saturaciones puntuales o decisiones administrativas que ralenticen el tránsito de mercancías. No es una anomalía. Es parte del funcionamiento normal de sistemas complejos.

    La cuestión no es quién gestiona una infraestructura, sino cuántas alternativas existen si una falla.

    Un país moderno necesita redundancia. Necesita más de una puerta de entrada. Puertos con capacidad real en distintas costas. Conexiones por carretera y tren que no dependan de un único punto.

    El puerto de Valencia, el de A Coruña, el paso de Somport o la línea ferroviaria de Canfranc no son símbolos políticos. Son piezas de un mapa logístico. Y los mapas sólidos no se dibujan pensando en el día perfecto, sino en el día en que algo se interrumpe.

    Las infraestructuras no llaman la atención cuando funcionan.
    Solo cuando dejan de hacerlo.

  • Chernóbil no terminó allí

    Chernóbil no terminó allí

    En 1986, la explosión de un reactor nuclear obligó a evacuar ciudades enteras y convirtió la zona en uno de los mayores símbolos del riesgo tecnológico. Durante décadas, el entorno fue considerado un territorio donde la vida apenas podía sobrevivir.

    Con el tiempo apareció algo inesperado. En algunas zonas con niveles extremos de radiación se detectaron ciertos hongos capaces de crecer donde la mayoría de organismos morirían rápidamente.

    El hallazgo llevó a los científicos a mirar con más atención a los llamados extremófilos, organismos capaces de vivir en condiciones que parecen incompatibles con la vida: temperaturas extremas, ausencia de luz, acidez o radiación elevada.

    Estos descubrimientos no demuestran que la vida pueda existir en cualquier entorno, pero sí cuestionan los límites que durante mucho tiempo se consideraron seguros. La biología ha demostrado repetidamente que lo imposible suele ser solo una frontera provisional.

    La posibilidad de mundos con condiciones radicalmente distintas, incluso con niveles elevados de radiación, sigue siendo una hipótesis abierta. No sabemos si podrían albergar vida, pero cada nuevo descubrimiento recuerda que nuestra definición de habitabilidad quizá esté basada más en nuestra experiencia que en las capacidades reales de la naturaleza.

    Tal vez el mayor aprendizaje no sea que hemos encontrado nuevas formas de vida, sino que todavía desconocemos cuántas podrían existir.

  • SOMBRA Y HUESO TAMPOCO

    El éxito ya no garantiza continuidad. A veces, ni siquiera protege.

    La suspensión de Sombra y Hueso no encaja en el relato habitual de una cancelación.
    No fue un fracaso evidente. Tampoco una serie invisible. Tuvo público, conversación y un lugar reconocible dentro del catálogo.

    Desde fuera, cuesta aceptar que no bastara.
    Pero quizá el error esté en la expectativa: pensar que hoy el éxito garantiza continuidad.

    El modelo de producción ha cambiado. Temporadas cortas, presupuestos cerrados y decisiones rápidas reducen el margen para sostener proyectos en el tiempo. Mantener una serie implica compromisos crecientes; cancelarla es una decisión inmediata. Entre ambas, la balanza ya no pesa igual.

    En ese contexto, el éxito no protege. A veces expone.
    Cuanto más claro es el encaje de una serie, más visibles son los costes de prolongarla: contratos, escalado de producción, expectativas que se acumulan.

    No se trata de calidad ni de fidelidad del espectador.
    Se trata de una lógica industrial que prioriza rotación frente a permanencia, novedad frente a continuidad.

    Por eso Sombra y Hueso tampoco.
    No porque fallara, sino porque ya no basta con funcionar.

  • Una paradoja difícil de resolver

    Una paradoja difícil de resolver

    El fentanilo se ha convertido en uno de los mayores problemas de salud pública en Estados Unidos.
    Es barato, potente y extremadamente letal.

    Desde fuera, hay algo que resulta difícil de entender.
    Una sustancia con una tasa de mortalidad tan alta no parece encajar bien en un mercado estable y duradero.

    Aun así, su presencia no disminuye.
    Las cifras se repiten año tras año y el problema se cronifica.

    No hace falta buscar intenciones ocultas ni señalar culpables.
    Basta con reconocer la complejidad del fenómeno.

    Cuando una sustancia provoca consecuencias tan graves y persistentes,
    la pregunta no es solo quién la produce o la distribuye,
    sino por qué resulta tan difícil contener sus efectos.

    A veces, comprender un problema no implica acusar a nadie,
    sino aceptar que no todo tiene una solución sencilla.

  • ¿Quién se queda realmente con un piso de 400.000 €?

    Un piso de 400.000 euros no cuesta 400.000 euros porque alguien sea especialmente ambicioso.
    Cuesta eso porque el dinero se reparte en muchas direcciones antes de que alguien pueda vivir dentro.

    Veámoslo por partes, sin juicios.

    Construcción
    Entre un 25 y un 30 %.
    Aproximadamente entre 100.000 y 120.000 euros.
    Materiales, mano de obra, técnicos y dirección de obra.
    Nada de esto es gratis. Nada de esto ha bajado.

    Suelo
    Entre un 20 y un 30 %.
    Entre 80.000 y 120.000 euros.
    El suelo no aparece de la nada y, en muchas zonas, ya es caro antes de empezar.

    Impuestos y tasas
    Entre un 20 y un 25 %.
    Entre 80.000 y 100.000 euros.
    IVA, actos jurídicos, licencias, tasas.
    El Estado entra varias veces en la operación.

    Promotor
    Entre un 15 y un 20 %.
    Entre 60.000 y 80.000 euros.
    Aquí no solo hay beneficio.
    También riesgo, estructura y financiación previa.

    Financiación
    No aparece en el precio, pero existe.
    Un piso de 400.000 euros puede terminar costando más de 600.000 tras 30 años de hipoteca.
    Una parte del piso es, literalmente, tiempo futuro.

    Al final, el precio no es solo una cifra.
    Es un reparto.

    Y quizá la pregunta no sea por qué cuesta 400.000 euros,
    sino quién puede permitirse entrar en ese reparto.